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...o këmamëll, voz mapuche: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

viernes, 21 de julio de 2017

De competencias, complicidades y compartires.


Teníamos siete y ocho años
y jugábamos a leer
con la última luz de la tarde.

Sentadas en la vereda,
el libro de segundo sobre el regazo,
en medio de la penumbra
que se hacía más densa cada vez.

Pronunciábamos la una y la otra
alternada y rápidamente,
una frase,
lo más extensa posible
para lograr ser "única reina de lectura".

Las sombras nos apuraban
y ninguna quería perder 
semejante nobiliario.

Aunque sabíamos, ya podíamos saber
desde nuestros pequeños corazones, 
que en la ocasión ceremoniosa
de cada atardecer encendido
ambas compartíamos
el asiento oficial.



jueves, 29 de junio de 2017

En el rito de preguntar.

¿Qué pierdo?.
¿Qué estoy perdiendo por estos días?
La marcha diaria al trabajo.
Lo cotidiano en el aula, ese espacio ~ tiempo
de diálogo, de expresión, de búsqueda.
El vocativo "profe" frecuente, repetido,
intermitente, monótono o policromo,
insistente, machacante, a veces,
escuchado hasta en las elipsis.
El cuestionamiento, la interpelación,
el chiste que no prospera, la risa a pesar de todo.
Pierdo las rondas, algunas miradas esquivas,
los destellos en ojos y lecturas.
El dulce rejunte de papeles: hojas de carpeta,
escritos, borradores ilegibles .
La pila de trabajos 
sobre el mueble de la casa que sube,
baja de nivel y vuelve a subir sin descanso.
El arrastre parsimonioso de los pies a las 7: 30,
los buenos días o buenas tardes que ruego me respondan,
los alertas de recreo que no pido.
Los desafíos, la rebeldía, la transgresión
de cada día, como el pan.
Las intenciones, los propósitos, las promesas,
como el agua.
El cruce, el intercambio y la convivencia
en sala de profes.
Las estrategias, las excusas
y toda la creatividad puesta en ellas.
Las voces que se escapan de los salones
cantando algún feliz cumpleaños.
Las voces que suben o bajan por las escaleras.
Pierdo el pequeño o gran lugar
que estudiantes me dan a menudo
en sus corazones.

¿Qué gano?(porque sé que algo tengo que ganar).
Haber leído miles y miles de palabras
escritas por ellas y ellos.
Haber escuchado  milllones.
Gano haber aprendido.
Haber contemplado, admirado y amado.
Gano haber propuesto, haber sembrado. 
Gano el recuerdo y la evocación de tantas
vivencias únicas, ireemplazables.
Gano haber disfrutado
(porque inevitablemente he disfrutado).
Gano en la cosecha.

Estudiantes de hoy, de otros tiempos, familias,
compas docentes, porteras, árboles del camino:

HE SIDO MUY FELIZ.

Patricia Morante. 29 de junio de 2017.

lunes, 26 de junio de 2017

Darío y Maxi




Lo que va a pasar hoy pasó hace tanto
me desperté diciendo esta mañana,
no vi las predicciones del espanto
que le arrancaba al sueño mi palabra.

En este invierno que pega tan duro
está lejos tu boca que me ama
y se me desdibuja en el futuro,
y junio me arde rojo aquí en la espalda.

En este invierno atroz no hay escenario
más duro que esta calle de llovizna;
cada uno sigue en ella su calvario
pero la cruz de todos es la misma.

Salí con las razones de la fiebre
y una tristeza absurda como el hambre,
y cuando en el corazón la sangre hierve
es de esperar que se derrame sangre.

Me llamo con el nombre que me dieron,
el que tomó la crónica del día;
soy uno de los dos que ya partieron,
los dos en un montón que resistían.

Hermano en la delgada línea roja
que te me fuiste dos minutos antes
con la indiscreta muerte que en tu boca
entraba en cada casa con tu imagen.

Yo estaba junto a vos sobre tu grito
besándote feroz la indigna muerte
mientras te ibas volando al infinito
fulgor de la mañana indiferente...

Yo sé que el corazón que está latiendo
en cada uno es una senda pedregosa,
cuando en el suelo sucio me estoy yendo,
ajeno y solo de todas las cosas.

Si yo salí por mí y salí por todos
cómo es que ahora no hay nadie aquí a mi lado
que me retenga la luz en los ojos,
que contenga este río colorado.

El corazón del hombre es una senda
más áspera que la piedra desnuda;
mi extenso corazón es una ofrenda
que pierde sangre en esta calle cruda.

Yo tengo un nombre rojo de piquete
y un apellido muerto de veinte años,
y encima las miradas insolentes
de los perros oscuros del cadalso.

Yo no llevaba un arma entre las manos
sino en el franco pecho dolorido,
y el pecho es lo que me vieron armado
y en el corazón todos los peligros.

La mano que me mata no me llega
ni al límite más bajo de mi hombría
aunque me arrastren rojo en las veredas
con una flor abierta a sangre fría.

Hoy necesito un canto piquetero
que me devuelva la voz silenciada,
que me abra por la noche algún sendero
pa' que vuelva mi vida enamorada...

JORGE FANDERMOLE, "Junio"
a la memoria de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán

jueves, 22 de junio de 2017

Últimas clases.

"Nada está de más en este mundo
El universo es una dualidad
lo bueno no existe sin lo malo
La tierra no pertenece a la gente
Mapuche significa Gente de la
Tierra- me iban diciendo"

Elicura Chihuailaf. Sueño azul.

Jugábamos alegres el juego
de pasarnos de mano en mano
el libro.
Lo abríamos y leíamos un fragmento
o un poema completo.
Una vuelta, dos, hasta tres de lectura.
Yo me detenía en observar el gesto
de cada quien
ante el descubrimiento silencioso
de los primeros versos
hasta que las palabras empezaban a tomar
dimensiones extraordinarias
en las voces adolescentes.
La tierra azul estaba
bajo nuestros pies.
Fuimos envueltos
por el viento helado del sur.
Intentamos descifrar los cantos
de distantes montañas.
Tomamos puñados de tierra negra.
Soñamos los destellos del fuego
y de las manos.
Aprendimos los diálogos
entre árboles y piedras
y el dulzor de las noches
a la intemperie.

Cierro los ojos.
No quiero olvidarme nunca
de esta ronda amorosa,
de esta prehora de mediodía,
de esta poesía mapuche
pronunciada por primera vez
en el último salón del pasillo.

Patricia Morante.
22 de junio de 2017.
Lectura de "Kallfv mapu".

martes, 20 de junio de 2017

Solsticio~Inti Raymi~ We Tripantu~ Año Nuevo.


Este año será el 21 de junio 01:24 hs el comienzo del invierno astronómico en el Hemisferio Sur.



Nueva salida del sol/ We Tripantu.
Elicura Chihuailaf.

Meli, meli. Meli,meli
Kiñe trafoy metawe mew
mvley Antv
Pu rvmentu mew mvley pizeñ
ellkawligvn ñi lonko egvn
ka femlu trokifiñ pu witrunko
Nieñmaperkelaeymu kvfvkvfvn
mi piwke
We Tripantu!, pi pu malen
ka ti mulfen nvayu mawvn
Wiñon, pifiñ egvn
fewla pichi wentru ta iñche
Pefimvn ti choyke?
Kvpalmvn make ka triwe
awkantuyiñ awarkuzen awkantun
Meli, meli. Meli, meli
Pvtokyiñ muzay, mvna azy
Wenu Mapu
Mvley pu aliwen ñi mutrung lien
(feymu azkintuley kom ñi Pewma
ka tvfey chi pu lewfv nawpay
Kvyen mu)
Meli, meli. Meli, meli
Eymi iñchu umawtuley Mapu Ñuke
ka puliwen fiskv ko
gaw ta tvfey
Meli, meli. Meli, meli
Ya!, zew mitray ta Antv.





Cuatro, cuatro. Cuatro, cuatro
y el Sol en un cántaro quebrado
Entre las hierbas las aves
esconden sus cabezas
y parece que la vertiente
posee el murmullo de tu corazón
We Tripantu!, dicen las niñas
y el rocío recogerá la lluvia
He vuelto, les digo
ahora soy un niño
¿Han visto al avestruz?
Traigan plantas, traigan flores
juguemos los juegos de los
Antepasados
muzay bebamos, que hermosos
en el cielo
están los árboles con sus troncos
de plata
(en ellos se miran estos Sueños
y los ríos que caen de la Luna )
Cuatro, cuatro. Cuatro, cuatro
Contigo he estado despierto
Madre Tierra
y en la mañana el agua fresca
es una constelación
Cuatro, cuatro. Cuatro, cuatro
¡Ya!, ha descansado el Sol.


Meli witran mapu~Tierra de los cuatro lugares. Dibujo Tolhuin.


domingo, 18 de junio de 2017

Por siempre FAHRENHEIT 451.

De un estudiante de 12 años en una evaluación escrita:
"Ray Bradbury, para mí, se inspiró en cómo sería la vida si no pudiéramos leer libros, si no se pudiese andar lento con los vehículos, si los bomberos en vez de apagar el fuego lo prendiesen, si te pudieran poner una multa por caminar, si la vida fuera cruel en general.
Otra de mis teorías es que haya tenido una visión de cómo sería en el futuro la sociedad y el mundo.
Otra de mis teorías es que se junten mis dos primeras teorías".

viernes, 16 de junio de 2017

Andrés Carrasco.


16 de junio: Día de la Ciencia Digna, fue establecido por la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario, en homenaje al Dr. Andrés Carrasco, estableciendo esta fecha por la de su nacimiento. El Prof. Dr. Andrés Carrasco, médico argentino especializado en biología molecular y en biología del desarrollo, fue Director del Laboratorio de Embriología Molecular del Instituto de Biología Celular y Neurociencia Profesor E. De Robertis, Subsecretario de Innovación Científica y Tecnológica del Ministerio de Defensa de la Nación y Presidió el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
Con treinta años de trabajo científico y académico, en el año 2009 hizo públicos los resultados de su estudio del efecto letal del glifosato en vertebrados, resultado de la investigación que realizó en su laboratorio de embriología molecular usando dosis 5000 veces menores a las usadas en la agricultura (publicado en 2010 por la revista especializada de EEUU Chemical Research in Toxicology).
Amenazas anónimas, campaña de desprestigio mediáticas (de las que formó parte el aún Ministro de Ciencia José Lino Salvador Barañao), presiones políticas y hasta agresiones físicas fueron algunas de las consecuencias de haber investigado los efectos sanitarios del modelo agropecuario. En 2011 se supo, a través de un cable diplomático publicado por Wikileaks, que la Embajada de Estados Unidos en Argentina lo había investigado por sus publicaciones.
Pese a la persecución que obtuvo, Andrés Carrasco, lejos de elegir la comodidad de su laboratorio, decidió ser parte de la discusión acerca de la problemática ambiental y el daño en la salud, definiendo que “NO EXISTE RAZÓN DE ESTADO NI INTERESES ECONÓMICOS DE LAS CORPORACIONES QUE JUSTIFIQUEN EL SILENCIO CUANDO SE TRATA DE LA SALUD PÚBLICA”.
Su actitud científica y militante, fue, es y seguirá siendo un ejemplo.
 
 
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Desde las Prácticas del Lenguaje estuvimos trabajando con el mensaje que nos dejara una obra de ficción noruega del siglo XIX, el drama "Un enemigo del pueblo" de Henrik Ibsen. Encontramos muchas semejanzas entre el Dr. Stockmann y el Dr. Carrasco...
 
El nuestro es un homenaje de palabras y dibujos al Dr. Carrasco, a la ciencia digna, al teatro moderno y comprometido de Ibsen y, sobre  todo a la verdad.






 






 



 

 


 



miércoles, 14 de junio de 2017

Entender mandala.

En el rito de querer entender, dibujo un mandala. Doy varias vueltas alrededor del centro que se me antoja mínimo esta vez, en sentido de las agujas del reloj y en el contrario. Entre los trazos conviven gemas, animales, seres mitológicos, pistilos, filetes, figuras geométricas que voy destacando con diversos colores. ¿Qué logro entender cuando decido llegar al final del dibujo, cuando ya la hoja se termina? ¿Cuál es el aprendizaje?. Pues bien: se puede partir de un punto, uno insignificante y tan pequeño que no puede ser roto, quebrado ni dividido. Se parte de él y lo que sucede alrededor es comparable a la creación de un mundo.

viernes, 9 de junio de 2017

Me pregunto qué es el infinito.
Tal vez la respuesta 
esté en el recuerdo de la infancia.
Un puñadito de semillas cayendo 
en algún surco.
El dibujo difuso** de los rayos 
cuando da vueltas la rueda de la bici. 
Un sueño.


 

Uno de tres. 

¿De dónde saqué  a los cinco
que podía ser bailarina?
¿Cuál fue el origen de ese sueño
si en el comedor, donde pasaba
todas las horas,
además de la mesa, las sillas
y, en un ángulo, el televisor,
sólo había telas, hilos
y una máquina de coser?
¿Cómo pretendía  también
tocar el piano?
¿Los vi en blanco y negro
mirando hacia ese rincón?
¿Acaso ese gigante, las balerinas
y la música clásica
se me presentaron
como una revelación
mientras dormía?

Magia.
Infancia.
Inocencia.


Tal vez la historia de un padre que reía
entre rayos de bicicletas,
que se aferró toda la vida
a ese genuino~ ingenuo deseo
viene a hacerme acordar
mis sueños de niñez
y puedo evocar, sin conocer el origen,
mis piecitos queriendo bailar
y mis manos, también pequeñas,
pretendidas ejecutoras del instrumento
aunque nunca hubiera visto uno.
Sin embargo, un sueño
me fue cumplido temprano,
sólo uno,
de la  mano de ese otro soñador,
mi antecesor,
que en un ámbito casi vedado,
al fondo, como por fuera de la casa,
armando y desarmando, armaba.

Un tercer sueño
alcanzado en el instante
de hacer equilibrio sobre dos ruedas. 

**Dibujo difuso o "difujo".

Dibujos Tolhuin. Veredas, bicicletas, globitos en las ruedas,¡rayos!

martes, 6 de junio de 2017

Cercle Sacré De La Moustache.

Yo leo,
corrijo trabajos,
escribo,
dibujo un mandala.
Ella ronronea al siseo
del lápiz sobre el papel,
al contacto
de mi mano,
al roce involuntario
de mi brazo.
Se ovilla
se acurruca,
dibuja un mandala 

con su cuerpo...
¡Ella se manda "la siesta"!

miércoles, 31 de mayo de 2017

El Arbolito.

El Arbolito ~ Casa Cultural ° Foto ~ Tolhuin
En el corazón del mapa:
sonido de naranjas,
conjuro de patio
y profunda casa.
No son sus ojos las ventanas
sino las wiphalas
y el aire es de las polleras
que bailan.
El barro en las manos
se cuece.
Las voces cantan
ancestrales sueños,
los sueños llevan
las más hondas miradas.


Música de agua, susurros, devociones, silencio de hornacinas, muchos idiomas y tan sólo

dos palabras.



Escuchando poetas a las puertas del cielo.



sábado, 20 de mayo de 2017

Caricia.


Como la búsqueda incesante
de una página perdida,
inveterada,
irrepetible,
casi imposible de volver a leer.
Como el deseo de persistir
en la noche de aire y río
de un verano insomne.
Como el lapso atravesado 
por toda la ternura del mundo
en un único rito indecible,
constelado.
Como la insistencia 
en lo inasible.

Así,  mi mano,
colmada de esperanza. 

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"La mano humana es un órgano de caricia que reemplaza a la lengua como tal en otros mamíferos. La mano ya estaba plenamente desarrollada con estas características desde hace tres millones de años en nuestros ancestros directos. Los dedos de la mano del chimpancé no se estiran como los nuestros. Los restos fósiles muestran que la mano de nuestros antecesores podía estirarse igual que la nuestra. Sin duda en la historia evolutiva humana la mano tiene que ver con la manipulación en la coordinación viso-manual en esto de sacar las hojitas que cubren las semillas de los pastos. Imagínense una espiga de trigo en la que tienen que sacar las hojas que cubren cada grano para comerlo. Pero la mano humana es mucho más que eso. 
La mano humana tiene una maravillosa habilidad de adaptarse a cualquier superficie del cuerpo; con ella se puede acariciar cualquier superficie del cuerpo del otro o propio. No hay duda de que la mano es un órgano manipulativo, pero la historia evolutiva que da origen a lo humano, en mi opinión, no tiene que ver primariamente con el uso de herramientas, sino con la sensualidad, la ternura, la colaboración y la caricia. Y no con la caricia como una cosa abstracta, sino que con la caricia como fenómeno de la corporalidad que hace de ella, además, un acto psíquico con fundamento fisiológico. ¿Qué pasa si un niño se cae y viene donde la mamá con la rodilla adolorida? La mamá lo acoge, lo acaricia, y el niño deja de llorar. ¿Se trata de un niño mañoso?, ¡no! Es por los efectos fisiológicos de la caricia que el niño se siente inmediatamente mucho mejor. Cuando uno acaricia en torno a la zona magullada, se produce anestesia central en el área dolorida como un fenómeno fisiológico normal. La caricia suprime el dolor, induce bienestar. Cuando nos acariciamos, cuando entramos en contacto corporal acariciante, nos apoyamos de alma a alma, y sin contacto corporal acariciante, nos enfermamos".
Humberto Maturana Romesín. Transformación en la convivencia.

martes, 16 de mayo de 2017

Juan Rulfo

Autorretrato tomado en el Nevado de Toluca hacia 1940, obra del escritor y fotógrafo mexicano Juan Rulfo.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Roque.



ALGUNAS NOSTALGIAS
Encallecido privilegio este orgulloso sufrir,
no se rían.
Yo, que he amado hasta tener sed de agua, luz sucia;
yo que olvidé los nombres y no las humedades,
ahora moriría fieramente por la palabrita de consuelo de un ángel,
por los dones cantables de un murciélago triste,
por el pan de la magia que me arrojara un brujo
disfrazado de reo borracho en la celda de al lado...

AYER
Junto al dolor del mundo mi pequeño dolor,
junto a mi arresto colegial la verdadera cárcel de los hombres sin voz,
junto a mi sal de lágrimas
la costra secular que sepultó montañas y oropéndolas,
junto a mi mano desarmada el fuego,
junto al fuego el huracán y los fríos derrumbes,
junto a mi sed los niños ahogados
danzando interminablemente sin noches ni estaturas,
junto a mi corazón los duros horizontes
y las flores,
junto a mi miedo el miedo que vencieron los muertos,
junto a mi soledad la vida que recorro,
junto a la diseminada desesperación que me ofrecen,
los ojos de los que amo
diciendo que me aman.

VIDA, OFICIOS
Insoslayable para la vida,
la nueva vida me amanece: es un pequeño
sol con raíces que habré de regar mucho
e impulsar a que juegue
su propio ataque contra la cizaña.
Pequeño y pobre pan de la solidaridad,
bandera contra el frío, agua fresca para la sangre:
elementos maternos que no deben alejarse
del corazón.
Y contra la melancolía, la confianza; contra
la desesperación,
la voz del pueblo
vibrando en las ventanas de esta casa secreta.
Descubrir,
descifrar,
articular,
poner en marcha:
viejos oficios de los libertadores y los mártires
que ahora son nuestras obligaciones
y que andan por allí contándonos los pasos:
del desayuno al sueño,
del sigilo en sigilo,
de acción en acción,
de vida en vida.

Roque Dalton


Lectura de poemas:

viernes, 5 de mayo de 2017

No hay tiempo que perder.



MASCARÓ





<°>
El arte es una entera conspiración -dijo el Príncipe.
¿Acaso no lo sabes? Es su más fuerte atractivo, su
más alta misión. Rumbea adelante,  madrugón del
sujeto humano.
<°>

Mascaró, el cazador americano.
Haroldo Conti. <°>










jueves, 4 de mayo de 2017

MADRUGADA - Juan Cedrón y Juan Gelman

“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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La muchacha del balcón. Juan Gelman.

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor,
las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes,
en las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.
Eran las seis, una dulzura detenía a los
desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
el silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y restos de ternura chocando
contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de
color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con
la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.

“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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martes, 2 de mayo de 2017

Abelardo.

La madre de Ernesto

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sen tir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, por que no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella esta ción de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofen sivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se trans formaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocía mos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la ma dre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conse guir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos ani mábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha tam bién pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado jun tos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos ve níamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de ma ternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos no sotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuel to. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo mons truosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aní bal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez mi nutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenes miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son lar gos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estóma go: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepo tente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los prime ros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los ha bía visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acor daba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estre cha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, ha blaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus pier nas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso co mo cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resopli do, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro sa lió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocu rrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua salien do de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Er nesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Ru bia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vaga mente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a son reír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella en tonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al prin cipio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Di jo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Abelardo Castillo
 (San Pedro Provincia de Buenos Aires, 27 de marzo de 1935~ CABA 2 de mayo de 2017) 

lunes, 1 de mayo de 2017

Uno de tres.

¿De dónde saqué  a los cinco
que podía ser bailarina?
¿Cuál fue el origen de ese sueño
si en el comedor, donde pasaba
todas las horas,
además de la mesa, las sillas
y, en un ángulo, el televisor,
sólo había telas, hilos
y una máquina de coser?
¿De cómo pretendía  también
tocar el piano?
¿Los vi en blanco y negro
mirando hacia ese rincón?
¿Acaso ese gigante, las balerinas
y la música clásica
se me presentaron
como una revelación
mientras dormía?

Magia.
Infancia.
Inocencia.


Tal vez la historia de un padre que reía
entre rayos de bicicletas,
que se aferró toda la vida
a ese genuino~ ingenuo deseo
viene a hacerme acordar
mis sueños de niñez
y puedo evocar, sin conocer el origen,
mis piecitos queriendo bailar
y mis manos, también pequeñas,
pretendidas ejecutoras del instrumento
aunque nunca hubiera visto uno.
Sin embargo, un sueño
me fue cumplido temprano,
sólo uno,
de la  mano de ese otro soñador,
mi antecesor,
que en un ámbito casi vedado,
al fondo, como por fuera de la casa,
Dibujo Tolhuin~ Diseño marciano
armando y desarmando, armaba.

Un tercer sueño
alcanzado en el instante
de hacer equilibrio sobre dos ruedas.

jueves, 27 de abril de 2017

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sábado, 22 de abril de 2017

Para Selva.

Una paloma busca ramitas.
Va de las vías al andén,
del andén a un cartel publicitario,
del cartel a un nido sobre el plafón
de una antigua luminaria
que aún no se ha llevado el plan
de renovación de la estación.
Tres veces hace el intento de subir hasta allí
con un palito de diez centímetros.
La primera, lo pierde ni bien sube el cartel
y baja nuevamente a buscarlo.
La segunda, llega al nido, se le suelta
y vuelve como con la certeza de lograrlo.
Siempre es el mismo palito.
Arriba hay también una paloma
y, al otro lado de una viga,
una pareja más.
Son dos nidos, me digo,
como si fuera un descubrimiento.
A un chico que aguarda sentado el tren
no le resulta indiferente el ave:
cuando ésta emprende la búsqueda
de un segundo palito, le arroja
unas migas gruesas de alfajor...
Yo sé que por aquí la gente
no quiere a las palomas:
"que son sucias, una plaga,
que traen enfermedades,
que tienen piojos,
que son invasivas".
Lo entiendo, y a mí tampoco
me gustaría mi casa coronada
con un nido o varios de ellos,
goteando ciertas cuestiones
por las paredes, pero hoy,
en el instante revelado,
la acción de esa paloma,
el pedacito de alfajor que alguien
le proveyó como refuerzo,
la ramita subiendo en el pico,
cayendo y después formando el nido
~sin que pudiera hacer nada
para eludirlo~
atravesaron mi mañana.


viernes, 14 de abril de 2017

Mujeres.

Dibujo Tolhuin**

Una bruja descontenta con el maquillaje y el traje sucio de arlequín que le impusieron. Su bonete bicolor apunta al ojo de la luna de semblante triste. Aunque por la mitad, es la misma luna que volvió de la fragua. La serpiente amarilla con cabeza de jaca besa su frente.
Lo que todos ven como verruga en el pómulo de la bruja es el ojo izquierdo de una mujer que lleva un manto de retazos de colores fríos hecho por su madre. En su pecho alberga a una niña gris con una marca de color cálido en el rostro.
La sigue en procesión otra mujer. Su embarazo está por llegar a término.
Una niña está enredada en su propia tela verde. Lo que sí se encarga de extender es su cabello mandarina.
Labios carnosos, boquitas pintadas, labios amoratados del frío de la muerte, labios azulinos.
Bocas rojas junto a ojos llenos de sangre. Labios inexpresivos en un rostro pálido.
Una muchacha, feliz con su maquillaje, pues muestra una sonrisa que sobrepasa el límite de la oreja, sueña con la luna. Su cabello amarillo está protegido con un impermeable igualmente estridente.
Un escote en un cuerpo sin miembros de cintura extra fina.
Un rostro triangular con los ojos protegidos del brillo nocturno. 
La cola de una sirena.
Hilos y más hilos.

Y vos, ¿qué ves?
 
**La técnica consiste en trazar líneas
en cualquier dirección y sentido.
Después, buscar figuras en el 
entramado. Colorear lo 
encontrado.
Por último, escribir acerca de
los pequeños hallazgos.