sábado, 20 de mayo de 2017

Caricia.


Como la búsqueda incesante
de una página perdida,
inveterada,
irrepetible,
casi imposible de volver a leer.
Como el deseo de persistir
en la noche de aire y río
de un verano insomne.
Como el lapso atravesado 
por toda la ternura del mundo
en un único rito indecible,
constelado.
Como la insistencia 
en lo inasible.

Así,  mi mano,
colmada de esperanza. 

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"La mano humana es un órgano de caricia que reemplaza a la lengua como tal en otros mamíferos. La mano ya estaba plenamente desarrollada con estas características desde hace tres millones de años en nuestros ancestros directos. Los dedos de la mano del chimpancé no se estiran como los nuestros. Los restos fósiles muestran que la mano de nuestros antecesores podía estirarse igual que la nuestra. Sin duda en la historia evolutiva humana la mano tiene que ver con la manipulación en la coordinación viso-manual en esto de sacar las hojitas que cubren las semillas de los pastos. Imagínense una espiga de trigo en la que tienen que sacar las hojas que cubren cada grano para comerlo. Pero la mano humana es mucho más que eso. 
La mano humana tiene una maravillosa habilidad de adaptarse a cualquier superficie del cuerpo; con ella se puede acariciar cualquier superficie del cuerpo del otro o propio. No hay duda de que la mano es un órgano manipulativo, pero la historia evolutiva que da origen a lo humano, en mi opinión, no tiene que ver primariamente con el uso de herramientas, sino con la sensualidad, la ternura, la colaboración y la caricia. Y no con la caricia como una cosa abstracta, sino que con la caricia como fenómeno de la corporalidad que hace de ella, además, un acto psíquico con fundamento fisiológico. ¿Qué pasa si un niño se cae y viene donde la mamá con la rodilla adolorida? La mamá lo acoge, lo acaricia, y el niño deja de llorar. ¿Se trata de un niño mañoso?, ¡no! Es por los efectos fisiológicos de la caricia que el niño se siente inmediatamente mucho mejor. Cuando uno acaricia en torno a la zona magullada, se produce anestesia central en el área dolorida como un fenómeno fisiológico normal. La caricia suprime el dolor, induce bienestar. Cuando nos acariciamos, cuando entramos en contacto corporal acariciante, nos apoyamos de alma a alma, y sin contacto corporal acariciante, nos enfermamos".
Humberto Maturana Romesín. Transformación en la convivencia.

martes, 16 de mayo de 2017

Juan Rulfo

Autorretrato tomado en el Nevado de Toluca hacia 1940, obra del escritor y fotógrafo mexicano Juan Rulfo.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Roque.



ALGUNAS NOSTALGIAS
Encallecido privilegio este orgulloso sufrir,
no se rían.
Yo, que he amado hasta tener sed de agua, luz sucia;
yo que olvidé los nombres y no las humedades,
ahora moriría fieramente por la palabrita de consuelo de un ángel,
por los dones cantables de un murciélago triste,
por el pan de la magia que me arrojara un brujo
disfrazado de reo borracho en la celda de al lado...

AYER
Junto al dolor del mundo mi pequeño dolor,
junto a mi arresto colegial la verdadera cárcel de los hombres sin voz,
junto a mi sal de lágrimas
la costra secular que sepultó montañas y oropéndolas,
junto a mi mano desarmada el fuego,
junto al fuego el huracán y los fríos derrumbes,
junto a mi sed los niños ahogados
danzando interminablemente sin noches ni estaturas,
junto a mi corazón los duros horizontes
y las flores,
junto a mi miedo el miedo que vencieron los muertos,
junto a mi soledad la vida que recorro,
junto a la diseminada desesperación que me ofrecen,
los ojos de los que amo
diciendo que me aman.

VIDA, OFICIOS
Insoslayable para la vida,
la nueva vida me amanece: es un pequeño
sol con raíces que habré de regar mucho
e impulsar a que juegue
su propio ataque contra la cizaña.
Pequeño y pobre pan de la solidaridad,
bandera contra el frío, agua fresca para la sangre:
elementos maternos que no deben alejarse
del corazón.
Y contra la melancolía, la confianza; contra
la desesperación,
la voz del pueblo
vibrando en las ventanas de esta casa secreta.
Descubrir,
descifrar,
articular,
poner en marcha:
viejos oficios de los libertadores y los mártires
que ahora son nuestras obligaciones
y que andan por allí contándonos los pasos:
del desayuno al sueño,
del sigilo en sigilo,
de acción en acción,
de vida en vida.

Roque Dalton


Lectura de poemas:

viernes, 5 de mayo de 2017

No hay tiempo que perder.



MASCARÓ





<°>
El arte es una entera conspiración -dijo el Príncipe.
¿Acaso no lo sabes? Es su más fuerte atractivo, su
más alta misión. Rumbea adelante,  madrugón del
sujeto humano.
<°>

Mascaró, el cazador americano.
Haroldo Conti. <°>










jueves, 4 de mayo de 2017

MADRUGADA - Juan Cedrón y Juan Gelman

“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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La muchacha del balcón. Juan Gelman.

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
con paso lento, balanceándose, llena de olor,
las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
nunca es mayor su harapienta melancolía
ni andan más tristes de paredes,
en las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran.
Eran las seis, una dulzura detenía a los
desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer,
sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
el silencio de los desconocidos
era un oleaje en medio de la calle
con rodillas y restos de ternura chocando
contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de
color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con
la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.

“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
Ed. Seix Barral 2012©
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
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“La muchacha del balcón”

La tarde bajaba por esa calle junto al puerto
Con paso lento, balanceándose, llena de olor,
Las viejas casas palidecen en tardes como ésta,
Nunca es mayor su harapienta melancolía
Ni andan más tristes de paredes,
En las profundas escaleras brillan fosforescencias como de mar,
ojos muertos tal vez que miran a la tarde como si recordaran,
eran las seis, una dulzura detenía a los desconocidos,
una dulzura como de labios de la tarde, carnal,
carnal,
los rostros se ponen suaves en tardes como ésta,
arden con una especie de niñez
contra la oscuridad, el vaho de los dancings.
Esa dulzura era como si cada uno recordara a una mujer
Sus muslos abrazados, la cabeza en su vientre,
El silencio de los desconocidos
Era un oleaje en medio de la calle
Con rodillas y rostros de ternura chocando
Contra el “New Inn”, las puertas, los umbrales de color abandono.
Hasta que la muchacha se asomó al balcón
de pie sobre la tarde íntima como su cuarto con la cama deshecha
donde todos creyeron haberla amado alguna vez
antes de que viniera el olvido.
Juan Gelman
Incluido en “Juan Gelman – Poesía reunida” 1956-2010
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martes, 2 de mayo de 2017

Abelardo.

La madre de Ernesto

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza –porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia– nos hiciera sen tir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, por que no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella esta ción de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofen sivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se trans formaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocía mos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto? Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la ma dre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre… No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conse guir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos ani mábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamas madre vos?: una chancha tam bién pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado jun tos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos ve níamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de ma ternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos no sotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuel to. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo mons truosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés –me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aní bal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez mi nutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién… ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenes miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa. Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son lar gos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estóma go: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepo tente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los prime ros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los ha bía visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acor daba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estre cha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, ha blaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llévalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus pier nas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso co mo cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resopli do, agregó:
–¡Mira si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro sa lió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocu rrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados– delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua salien do de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Er nesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Ru bia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vaga mente infame.
–¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a son reír y repitió “bueno”, y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella en tonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al prin cipio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Di jo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.

Abelardo Castillo
 (San Pedro Provincia de Buenos Aires, 27 de marzo de 1935~ CABA 2 de mayo de 2017) 

lunes, 1 de mayo de 2017

Uno de tres.

¿De dónde saqué  a los cinco
que podía ser bailarina?
¿Cuál fue el origen de ese sueño
si en el comedor, donde pasaba
todas las horas,
además de la mesa, las sillas
y, en un ángulo, el televisor,
sólo había telas, hilos
y una máquina de coser?
¿De cómo pretendía  también
tocar el piano?
¿Los vi en blanco y negro
mirando hacia ese rincón?
¿Acaso ese gigante, las balerinas
y la música clásica
se me presentaron
como una revelación
mientras dormía?

Magia.
Infancia.
Inocencia.


Tal vez la historia de un padre que reía
entre rayos de bicicletas,
que se aferró toda la vida
a ese genuino~ ingenuo deseo
viene a hacerme acordar
mis sueños de niñez
y puedo evocar, sin conocer el origen,
mis piecitos queriendo bailar
y mis manos, también pequeñas,
pretendidas ejecutoras del instrumento
aunque nunca hubiera visto uno.
Sin embargo, un sueño
me fue cumplido temprano,
sólo uno,
de la  mano de ese otro soñador,
mi antecesor,
que en un ámbito casi vedado,
al fondo, como por fuera de la casa,
Dibujo Tolhuin~ Diseño marciano
armando y desarmando, armaba.

Un tercer sueño
alcanzado en el instante
de hacer equilibrio sobre dos ruedas.

jueves, 27 de abril de 2017

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Ƹ̴Ӂ̴ƷƸ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ Ƹ̴Ӂ̴Ʒ

sábado, 22 de abril de 2017

Para Selva.

Una paloma busca ramitas.
Va de las vías al andén,
del andén a un cartel publicitario,
del cartel a un nido sobre el plafón
de una antigua luminaria
que aún no se ha llevado el plan
de renovación de la estación.
Tres veces hace el intento de subir hasta allí
con un palito de diez centímetros.
La primera, lo pierde ni bien sube el cartel
y baja nuevamente a buscarlo.
La segunda, llega al nido, se le suelta
y vuelve como con la certeza de lograrlo.
Siempre es el mismo palito.
Arriba hay también una paloma
y, al otro lado de una viga,
una pareja más.
Son dos nidos, me digo,
como si fuera un descubrimiento.
A un chico que aguarda sentado el tren
no le resulta indiferente el ave:
cuando ésta emprende la búsqueda
de un segundo palito, le arroja
unas migas gruesas de alfajor...
Yo sé que por aquí la gente
no quiere a las palomas:
"que son sucias, una plaga,
que traen enfermedades,
que tienen piojos,
que son invasivas".
Lo entiendo, y a mí tampoco
me gustaría mi casa coronada
con un nido o varios de ellos,
goteando ciertas cuestiones
por las paredes, pero hoy,
en el instante revelado,
la acción de esa paloma,
el pedacito de alfajor que alguien
le proveyó como refuerzo,
la ramita subiendo en el pico,
cayendo y después formando el nido
~sin que pudiera hacer nada
para eludirlo~
atravesaron mi mañana.


viernes, 14 de abril de 2017

Mujeres.

Dibujo Tolhuin**

Una bruja descontenta con el maquillaje y el traje sucio de arlequín que le impusieron. Su bonete bicolor apunta al ojo de la luna de semblante triste. Aunque por la mitad, es la misma luna que volvió de la fragua. La serpiente amarilla con cabeza de jaca besa su frente.
Lo que todos ven como verruga en el pómulo de la bruja es el ojo izquierdo de una mujer que lleva un manto de retazos de colores fríos hecho por su madre. En su pecho alberga a una niña gris con una marca de color cálido en el rostro.
La sigue en procesión otra mujer. Su embarazo está por llegar a término.
Una niña está enredada en su propia tela verde. Lo que sí se encarga de extender es su cabello mandarina.
Labios carnosos, boquitas pintadas, labios amoratados del frío de la muerte, labios azulinos.
Bocas rojas junto a ojos llenos de sangre. Labios inexpresivos en un rostro pálido.
Una muchacha, feliz con su maquillaje, pues muestra una sonrisa que sobrepasa el límite de la oreja, sueña con la luna. Su cabello amarillo está protegido con un impermeable igualmente estridente.
Un escote en un cuerpo sin miembros de cintura extra fina.
Un rostro triangular con los ojos protegidos del brillo nocturno. 
La cola de una sirena.
Hilos y más hilos.

Y vos, ¿qué ves?
 
**La técnica consiste en trazar líneas
en cualquier dirección y sentido.
Después, buscar figuras en el 
entramado. Colorear lo 
encontrado.
Por último, escribir acerca de
los pequeños hallazgos.

martes, 4 de abril de 2017

lunes, 3 de abril de 2017

Patri.


cuando no habla con semillas 
ni está  con el diccionario
pinta con sus fibras nuevas
la chiquita de seis años

viernes, 31 de marzo de 2017

De marzo, ritos y luchas.

<°> 2/3<°>
  
 <°>8/3<°>
<°>20/3<°>
video
<°>22/3 <°>

<°>22/3<°>

<°>24/3<°>
Foto de Roberto Bernard
























martes, 28 de marzo de 2017

Soy la única que quiero de mí... <°>

ésta cuya sombra se alarga
cuya sombra empequeñece
jugando con el asfalto

la que invoca el rostro de sus muertos
el gesto de sus labios
de cuando pronunciaban  palabra
la apertura de sus ojos
de cuando el asombro podía con ellos

la que amasa con los pies el barro cotidiano
y tiene una canción como de hornero
silbando en las terrazas

ésta que se mira de frente
con la congoja que merodea
por las ventanas desiertas

soy la única que quiero de mí... <°>

la de un rito
o dos

la del conjuro impreso
en el vaivén infinito
de una cuchara de madera

la desprolija
la despeinada
la desenaguada

la que amó por última vez
como si fuese la primera


<°> (Tomada de un dicho de Diana Bellessi 
en la película "El jardín secreto", 
documental sobre su vida)








martes, 21 de marzo de 2017

De reedición inédita.

no es para sofocar lo que permanece
hasta en las congruentes cenizas

ni para contradecir
corazones que con él se encienden

no es para desdeñar lenguas
denotaciones
ni tropos en su nombre

mucho menos para recrear la antítesis
que sólo nos deja ese hilo de vapor ascendente

es porque yo
pobre poeta
tengo en mí la riqueza
del setenta y cinco por ciento
de ella
es porque lo pienso
porque si no lo pienso lo sueño
porque si ni lo sueño ni lo pienso
igual humedezco

por eso digo
hoy lă ρŏĕšíă ĕštá ĕň ĕl lŭğăř ɗĕl ăğŭă

Epílogo que merece ser prólogo:
Lo dijo Tales de Mileto  500 años a. de C.,
aproximadamente:
No el hombre, sino el agua, es la realidad de las cosas.

jueves, 16 de marzo de 2017

Intimidad de libro y carta.

Acercaste tanto tu cara...
Te hiciste parte de mí. 

Ahora soy tu mirada,
tu exhalación.
Sos mis labios, mi fuego.
La luz se adelgaza y pide paso 
entre mi piel y la tuya.
¿Cuál es tu noche? 

¿Dónde empieza la mía?

En nuestro apacible pecho 
llevamos el beso y el adiós.
Vas trémula. Viajamos abrazados 
al color de lo incierto
pero no temas, 
nos encontró juntos el frío.
Pudimos ser como agua de cántaro
esparciéndose
en la tierra sedienta.
Después, la aureola húmeda...
Estamos hechos de bocas
bebedoras de estrellas.
En nuestro corazón
hay agua,
y tierra,
y aire,
y fuego.

Sos un encantador...
¿Quién puede seguir en vela
después de mirarte?
Guardaré la fascinación 
con ojos cerrados.
Es necesario atesorar un poco 
de luz 
para cuando no estés. 

Una mano amiga nos unió.
Te acarició primero,
se posó sobre mí. 
Me hizo tu cuna.
                                     
El rostro conocido se hundió 
en nuestro olor.
Nos arrulló por última vez.
No es verdad que fue 
sin tristeza.

Sabemos no poco del origen 
de este abrazo cerrado.
Pero ¿qué hay del destino 
que nos espera?
Mi esencia reniega de presagios.
Nada conozco del arte adivinatorio,
ni de los designios 
que otras cartas 
son capaces de develar.
Una sola palabra 
es mi símbolo.
Tal vez otra mano amiga 
nos reciba, 
también nos acaricie, 
nos muestre en su palma 
lo que las líneas 
deparan.
...unos ojos descubran 
a los que desde nuestro interior 
miran.

viernes, 10 de marzo de 2017

Lo que no se va a viralizar.

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amor al abrazo de Hipólita y al abrazo de María , a la voz de su comunidad y a las lágrimas que aún nos quedan como nudo en la garganta
amor al grito de Moira repetido como rito: ¡mujeres argentinas, despierten!
amor a la quipa, instrumento ancestral con que Luisa inició la sostenida marcha dentro de la gran marcha
amor de caminantes detrás de las banderas originarias, lentas al principio, apuradas luego, abriéndose paso entre las enormes columnas de otras tantas mujeres y banderas
amor al pedido en alto de justicia por Noemí, por Celestina, por Natalia, por Esperanza, por Juana, por Francisca...
amor a la letanía incansable: ¿quién sino vos, cuándo sino ahora?
amor a los mates a mitad de camino, a la mano alargándose, a la sonrisa ofreciendo
amor a la ronda fraterna ~quipa~grito~abrazo~
amor de la voz fuerte y viva de la hermanita del megáfono
amor de mujeres indígenas de las 36 naciones y de mujeres negras
amor a la inmensidad de la lucha que hoy está en los corazones
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8 de marzo de 2017











 https://www.facebook.com/patricia.morante.75/media_set?set=a.10212497169972558.1073741875.1481809116&type=3&pnref=story

miércoles, 8 de marzo de 2017

Acoso silencioso.

Andén de estación ferroviaria, dos de la tarde.
Una mujer consulta su celular.
Un gendarme se coloca detrás de ella y, a una distancia prudencial, observa la pantalla del dispositivo ajeno. Agudiza la vista para leer.
La mujer levanta la cabeza, gira levemente. El gendarme se aleja unos centímetros. Mira de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba a la mujer varias veces, siempre detrás de ella.
Uno de la misma fuerza pero más joven, a diez metros, lo mira. El mayor lo descubre, le guiña un ojo y le sonríe.
La mujer gira como para buscar a alguien  y vuelve a su celular.

[Se repiten las acciones: de la mujer, del gendarme espía,  del gendarme con cara de niño, casi con idéntica sincronicidad]

El gendarme más grande decide acortar distancia con el más joven, se le acerca a paso aborcegado. Hasta que aquél no le murmura a éste "no me dejó leer la hija de puta", toda la escena se desarrolla en absoluto silencio.

Patricia Morante. 7 de marzo. Oeste del conurbano bonaerense.

jueves, 2 de marzo de 2017


no para sofocar lo que permanece
hasta en las consecuentes cenizas

ni para contradecir
corazones encendidos

ni para desdeñar denotaciones
o tropos en su nombre

mucho menos para recrear
la antítesis tantas veces enunciada

hoy
sólo porque sueño y humedezco
digo
lă ρŏĕšíă ĕštá ĕň ĕl lŭğăř ɗĕl ăğŭă
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Berta Vive.



Berta Cáceres.

Nacida del agua.

Luchando duro, Berta, Bertita,
te alcanzó la muerte;
mientras custodiabas
 la naturaleza, la tierra,
los ríos,
el río Gualcarque: tu padre
madre y hermano.
De ahí te supiste siempre
originaria.

Guardiana de la vida,
nacida del agua,
te buscaron los sicarios
del poder banquero//
capitalista//
oligarca//
financiero//
transnacional//
racista//
patriarcal//
misógino//
destructor//
 asesino. 
.

¿Habrán logrado callarte
esos cobardes
de cuatro disparos
a sueldo?

Pueblo lenca 
es tu canto y tu voz.
Es ayer. 
Es hoy. 
Es mañana. 

¿Quién te quita lo luchado,
Berta, Bertita?

martes, 28 de febrero de 2017

Marcha de luz y de agua.

 A Luciano Arruga.

Una madre, de las de pie 
en las esquinas,
y otra que está en todas las luchas.
Una hermana extiende sus manos
y en menos de un parpadeo de abrazo
son miles de madres y hermanas,
familias enteras que, como ríos,
serpentean por las calles. 

Una madre, una hermana,
que van por el medio, a viva voz,
a bordo de un camión.

Los letreros por el barrio fluyen
fraternizados con los cuerpos del arte
que se juegan, dignamente.

Músicas en ofrenda interminable
hacen danzar los colores 
que se despliegan a cielo abierto,
mientras, de vereda a vereda,
la inundación de voces
entona colectivamente
la letra de la resistencia.

Por el medio, el camión.
La tripulación aumenta.

Dicen ¡presente! las venas 
de otrxs como vos
que corren como arroyos 
por avenidas, cubren los cordones
y se suben a las veredas 
junto con todas las villas 
que vinieron,
que nunca se fueron.

Por el medio navega el camión
de tripulación incansable.

El aluvión grita, danza,
y  danza y grita  la tierra 
desde abajo.
Ya no hay camión posible
ni tripulación,
ahora es una sola ronda de agua
alrededor de tu sonrisa,
en la plaza,
la plaza con tu nombre.

<>°<>°<>°<>°<>°<>°<>°

Luciano,
recordamos
que un día de febrero
como hoy de 1992 
fuiste luz, como tu nombre, 
con la luz 
que por primera vez viste.

Y también un día 
contra quienes quisieron apagarte
para siempre te diseminaste.

<>°<>°<>°<>°<>°<>°<>°

 
 
Marcha del 28 de enero de 2017 a 8 años del 
secuestro, desaparición y asesinato de Luciano Nahuel Arruga 
en manos de la policía bonaerense 
el 31 de enero de 2009.
LO MATÓ LA POLICÍA.
LO DESAPARECIÓ EL ESTADO.
LO ENCONTRAMOS CON LA LUCHA
el 17 de octubre de 2014.

Marcha del 24 de marzo de 2016.

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