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...o këmamëll, voz mapuche: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

lunes, 16 de febrero de 2009

LA ESQUINA DE LA SEÑAL.

Por Patricia Morante y Luis Aspiazu.

Primero fueron los policías. Este episodio inicial no causó tanta intriga. Un par de agentes en una esquina, en un lugar de vacaciones, es bastante común. Aunque habían estacionado sus modernos cuatriciclos en el medio de la calle como impidiendo el paso de los automóviles, sólo que ellos no parecían controlar nada porque mostraban mucho desinterés hasta en los propios vehículos dándoles la espalda, caminaban hacia delante y hacia atrás sin girar la cabeza. Después de unos minutos se retiraron.
Cuando al tiempo aparecieron el hombre y la mujer en el auto gris y hablaban sin mirarse y gesticulaban levemente, la cosa comenzó a llamar la atención.


Él sacaba una mano por la ventanilla, con lo que parecía un control remoto y apuntaba hacia varios lugares como si quisiera encender su televisor, Ella hacía lo propio desde la otra ventanilla. Luego reían.
Él, después de unos instantes y un poco más serio, la apuntó a ella y ella a él.
No se oyeron disparos. Tampoco volvió la policía. En realidad ninguno salió lastimado. Rieron nuevamente. El hombre puso en marcha su auto y, cuando parecía que se iban del lugar, se detuvieron a cincuenta metros para repetir el ritual anterior. Así procedieron por lo menos tres veces, luego de las cuales se retiraron para volver al día siguiente, aproximadamente a la misma hora.
Lo que realmente sorprendió fue la mujer al pie del poste. Recorría de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba todo lo largo de la columna de luz con su vista, acompañando esta acción con un movimiento de brazo. Mientras tanto a su alrededor se habían congregado unos niños que perseguían una liebre, circunstancia que a la mujer parecía no agradarle demasiado pues sus movimientos comenzaron a ser un tanto más bruscos. Luego se tranquilizó, se rió como satisfecha y se fue.
Una mañana, como novedad, aparecieron dos de mis hermanas y se posaron en lo alto del poste. Con un graznido me invitaron a participar del coloquio que me aclaró lo que sucedía.
-Parece que ahora estos hombres dependen de ese aparatito para sobrevivir- dijo la más vieja.
-¿Qué me cuenta? Por lo menos no nos afecta tanto como cuando se ponen a hacer pavadas en la playa o dejan todos sus desperdicios -intervine, haciéndole creer que conocía el tema.
-No vaya a creer. ¿No escuchó hablar de la contaminación que producen las empresas de celulares?-expresó la más joven.
-¡No me diga! ¡Quién iba a pensar que, para los humanos, comunicarse tenía costos tan altos!- exclamó la más vieja.
-¿Vio? Pero la mayoría no se da cuenta de nada. Tienen una gran ignorancia-.
En este punto de la conversación me limité a escuchar. Me sentía con muy pocos conocimientos como para intervenir.
-Sí, además se los ve tan indefensos por su carencia de sensibilidad a los campos magnéticos- dijo la más experimentada.
-Cierto, nunca podrían aventurarse solos, como lo hacemos nosotras- y le brillaron los ojos mirando hacia el horizonte a la más joven.

-Me dan pena estos humanos. Inventan cosas cada vez más sofisticadas que sólo les producen mayor dependencia.
-Vea, si este balneario estuviera a más de diez minutos de nuestro vuelo, ningún turista vendría a disfrutar de la naturaleza aquí existente.
-Es verdad, no se sienten libres a más de treinta kilómetros de eso que llaman antena-Sentenció la mayor.


Y enseguida levantamos vuelo, graznando de alegría, mientras la mujer, al pie del poste nos propinaba insultos, siempre gesticulando y sin soltar su aparatito, pues la más joven de mis hermanas le dejó su “espesa y caliente crítica” desparramada en el cabello.

1 comentario:

  1. Gracias Patricia por tu contacto. He leído "La esquina...", atrapado por el diálogo. Nada más cierto que lo útil, pero a la vez condicionante de las nuevas tecnologías. Tu mención en mi blog, me arrancó una sonrisa. Siempre es bello y misterioso saberse leído. Ya me haré tu seguidor...seguidor de este blog, centro del árbol, corazón de la vida. Ana M. Oddo...un encanto de persona y talentosa creadora. Gustavo D´Orazio.

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