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...o këmamëll, voz mapuche: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

lunes, 16 de febrero de 2009

RETAZOS.

Durante la última emisión de "La noche de los museos" en la Corbeta Uruguay, el 15 de noviembre, el grupo de narradores de la "Escuela de Lectores Narradores Sociales" de María Héguiz se presentó con una serie de relatos. El que sigue fue escrito y narrado por mí en aquella ocasión con un previo trabajo de adaptación durante las clases en la escuela anteriormente mencionada.
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Al mozo de ese bar del puerto le gustaban los cuentos . No sólo leerlos o escucharlos sino escribirlos. Había tenido éxito con esa actividad, tanto que hubiera podido dejar su empleo. Eso, si lo hubiese querido. Pero no quería. Ese lugar era el que lo nutría a diario de los argumentos para sus relatos. Había quedado atrapado en las redes de las historias que allí se tejían. Imposible irse de allí.
Todo comenzó una tarde, a las seis en punto. Una señora entró al bar. Pidió un cortado, y una hoja de papel. Luego, empezó a revelar una historia, con una voz cansada y monótona. Este ritual iba a repetirse una y otra vez, cada día, por varios meses.
A menudo, la mujer, brindaba pequeños episodios, retazos de algo que parecía un cuento. En otras ocasiones pronunciaba cuatro o cinco palabras, como aquella vez que sólo dijo: “El hombre siempre la amenazaba”.
Mientras hablaba, se dedicaba a escribir o dibujar sobre la hoja. Una vez esbozó una especie de croquis en donde señalaba con puntos, lugares muy precisos: la entrada a una bodega, un camarote, una cubierta, una escala.
Luego levantaba el vaso con agua, que el mozo siempre le servía con el cortado, y se quedaba con la mirada perdida en el contenido, y meciéndolo con suavidad.
El mozo, que la escuchaba atentamente y observaba con disimulo el papel dibujado, mientras le servía o le cobraba, supo una vez que la mujer estaba de paso por ese barrio. Ni siquiera residía cerca de allí. Había llegado al país, eso sí, hacía más de sesenta años, y en barco.
En muchas circunstancias lo que la mujer revelaba eran fragmentos de su propia experiencia de vida. A menudo, refería episodios de su largo viaje por mar y río. Una vez, sólo una vez, susurró una canción en otro idioma.
Cuando llegaba a su casa o en los momentos en que no entraban muchos clientes, el mozo iba reconstruyendo la historia. La reordenaba, le ponía énfasis a una u otra parte, trataba de recordar los gestos y tonos de la mujer que contaba.
Una tarde cualquiera la mujer no apareció por el bar. Tampoco fue al otro día, ni al siguiente…
Esa primera historia, al mozo, le había quedado inconclusa. Al menos eso era lo que él había pensado cuando supo que la mujer no volvería por allí.
Un día, revisando los borradores, se dio cuenta de que el final ya había sido revelado. Releyendo las anotaciones del tercero o cuarto día, había quedado al descubierto el fatal desenlace en lo que parecía la borda del barco, y lo único que había hecho la mujer, los días subsiguientes, había sido dar a conocer los indicios que llevaban al fin.
Ahora ¿de qué trataba precisamente ese primer cuento del mozo construído de retazos?, eso se los relato otra noche tanto o más fresca que ésta, quizás en la misma cubierta, lejos de la borda.
Patricia Morante.

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