jueves, 24 de septiembre de 2009

Juancito se las arregla.

Su ámbito era un cuarto al que se accedía saliendo al patio de la casa: una suerte de tallercito, con más metros de largo que de ancho, adonde iban a parar todos los objetos cuyo destino inexorable debió ser la basura. A la espera de vaya a saber qué suerte de milagro que los reparara, se depositaban allí.
Él, mi papá, se pasaba horas en “el galpón”, rodeado de esa chatarra; quitando piezas de un lado y colocándolas en otro; desechando a medias los tornillos, tuercas y arandelas herrumbrados por el tiempo; clasificando piezas minúsculas en latas a las que la juventud las había abandonado hacía mucho; pintando de un verde chillón tanto repisas y puertas como cuadros de bicicletas; escuchando simultáneamente a dos locutores en una radio mal sintonizada de la que pretendía lograr un sonido más nítido aumentándole el  volumen; y consumiendo los cigarrillos que mamá no le permitía fumar en el interior de la casa.
“Juancito se las arregla“, era la frase favorita de mi abuela para hacer referencia a las virtudes de papá para solucionar cualquier desperfecto en la casa. Cada tanto se aparecía con algún electrodoméstico para que le revise, alguna “cosita” para que le pegue, cierta “maderita” que necesitaba un clavo.
Muchas veces lo escuché a él decir: “otra vez la vieja”, cuando, asomado a la ventana, la veía cruzar rapidito la calle con algún artefacto entre sus manos. Porque mi abuela siempre cruzaba las calles corriendo. Y se acercaba a casa, como dije, con el afán de que “Juancito” le solucionara un inconveniente.
Y “otra vez la vieja” no significaba “la viejita”, “mi viejita”, porque mi abuela no era su mamá, era su suegra.
A decir verdad, mi papá con lo único que se las arreglaba era con las bicicletas. Él sí que las dejaba siempre 0km. De muy joven había tenido afición a las carreras y además hacía grandes recorridos, como desafío. Ya un poco más grande se dedicó, entre otras cosas, al arreglo de muchas de ellas. Siempre había alguien en la puerta de casa con un rodado para que papá revisara. Y nos llegaba un:¡“Juancito”!, desde el cordón de la vereda, incluso antes de que la persona en cuestión pudiera ser divisada desde la ventana o desde la mirilla de la puerta.
La abuela nunca trajo una bicicleta. No tenía. No había aprendido a andar, ni siquiera cuando mi hermana mayor le había querido enseñar con una pequeña.

Ahora que recuerdo, cuando se trataba de inventar, papá, era un maestro. Así tuvimos una cortadora manual de césped a la que él le había agregado un motor. En realidad, el peso de este último hacía emplear mucha fuerza en el uso, por lo tanto todos preferíamos realizar la actividad de arreglar el jardín prescindiendo de “la maquinita”, como la llamábamos familiarmente. Pero hay que reconocer también que fue nuestra primera cortadora eléctrica. Siempre tratábamos de utilizarla cuando los vecinos estuvieran despiertos pues, además, hacía un ruido infernal. Muchas veces, saliendo de la panadería, que se hallaba a tres o cuatro cuadras de nuestro domicilio, podíamos darnos cuenta de que papá había comenzado a cortar el pasto.
Algo similar ocurría con un lavarropas viejo que había reparado con el motor de uno más nuevo. -¿Estás lavando, che?-. Preguntaba maliciosamente y a los gritos nuestra vecina, asomándose por el tapial.
"Juancito se las arregla", la frase favorita de la abuela...Y no sabemos de dónde dedujo ella que papá podía repararlo todo.
Quizás nunca se había enterado del episodio en que casi se prende fuego el árbol de navidad cuando había querido arreglar las luces. Ni aquel otro en que la estufa eléctrica comenzó a hacer pequeñas explosiones hasta quedar completamente quemada. Ese día mamá se enojó e hizo cortar la corriente y le prohibió a papá tocar siquiera los tapones para proveer a la casa de luz. Ese día, cenamos con velas, sin estufa y sobre todo sin diálogo.
Cierto día, mi abuela, había insistido tanto con la reparación de un aparato que, finalmente, él accedió. Vale decir que el artefacto en cuestión ya tenía un arreglo anterior y no de las manos de papá. Era, pues, una plancha que contaba con más de treinta años. Una pieza histórica, única y sumamente pesada. Por supuesto que el problema se hallaba en la parte eléctrica, rubro al que papá le escapaba luego de los episodios  mencionados.
Esa vez estuvo más de un día en “el galpón”, hasta que por fin entregó el artefacto.
No recuerdo bien los hechos que sucedieron a éste. Sólo sé que la abuela cruzó corriendo la calle, casi volando, entró a casa y, con una expresión en el rostro que yo nunca le había visto, exclamó:- ¡Ya no es eléctrica! ¡Ni de carbón! ¡Ahora es carbonizada!.
Por un tiempo no volvieron a aparecer los electrodomésticos rotos por casa y la frase favorita de mi abuela no se dejó oír hasta pasados unos cuantos meses.


Había varias cosas que papá no tenía que arreglar porque nunca fallaban: su afán por hacernos disfrutar de las golosinas los domingos, su exactitud para traernos la revista infantil los jueves, su interés por llevarnos a pasear en el colectivo que le prestaba su patrón cada tanto y su deseo de que nunca nos faltaran los lápices de colores. En todo esto sí que, a pesar de la época difícil que nos tocó vivir, Juancito se las arreglaba.

Papá, Juancito, con mi hermano, Mariano.

viernes, 11 de septiembre de 2009

AROMA FRUTAL. Dedicado a los docentes argentinos.



Isabel Botana, maestra argentina. Escuchando nuestros cuentos como homenje en el Club del Progreso. 5 de septiembre de 2009.



27 de agosto de 2009, E.N.S.P.A
Escuela Normal Superior "Próspero G. Alemandri"
Unidad Académica, ISFD N° 100 de Avellaneda.



Siempre había querido ser maestro, desde que recuerda... cuando su hermana cinco años mayor lo sentaba a él y a dos más pequeños en fila debajo de los árboles. Pedía la tarea, enseñaba las vocales, les hacía dibujos para que ellos pintaran...y así discurrían las siestas de verano.

Muchas veces quiso ocupar el lugar de su hermana...estar al frente en ese patio más poblado de aromas frutales que de niños, escribir el día y la fecha con pedacitos de carbón en la pared que daba a la parte de atrás de la casa.
-¡Pase al pizarrón, Marquitos!- le decía ella, entonces, él, henchido de orgullo, ante la admiración de los dos chiquitines, desfilaba entre las baldosas sorteando obstáculos, ya que de tan separadas permitían el crecimiento de diferentes tipos de hierbas. Ya en el frente, escribía lo solicitado por la mayor y muchas veces, simplemente, le tocaba echar agua con una jarra, con el único fin de borrar precariamente los garabatos de tizne hechos por sus hermanitos. Los sábados, la limpieza del paredón se hacía a cepillos y detergente y con la participación de todos los integrantes de esta comunidad educativa.

Siempre se había imaginado vistiendo el guardapolvo blanco, las manos entrelazadas por la espalda y la frente erguida, emocionado y mirando flamear el pabellón patrio.
Se veía en el aula, inclinándose para tomar la mano de los más pequeños y enseñarles a dibujar sus primeras letras; así, como había hecho con él su maestro Lucho.

Siempre había sentido curiosidad por los secretos que encierran los libros. Desde aquel primero que le regaló su padre, casi por casualidad, pues había ido a la librería del pueblo y había pedido "un libro para que Marquitos mirara y lo pudiera mantener quietecito y con la pierna en alto luego del accidente en el campo". Su padre no sabía leer entonces y la muchacha vendedora le había elegido "Cinco semanas en globo".
Con la misma fruición leyó, mucho tiempo después, otras aventuras: los libros de pedagogía propuestos por su profesora.

Siempre había soñado con recibir su título y festejar con su familia ese logro. Y ese día caluroso de diciembre, sus deseos, esos deseos, comenzaban a cumplirse; también en un patio, cuando por el micrófono pronunciaron su nombre precedido de "Maestro Normal Superior...". Y allí estaban: su primera maestra cinco años mayor, sus hermanos menores, su madre y de algún modo, su padre. Pero había pasado un buen tiempo y la familia se había agrandado por entonces. Marquitos tenía una esposa y tres hijos ... Ese día soñado, junto con el guardapolvo blanco, él llevaba puestos los 50 años y un nieto, y lo esperaba otra fiesta...allí, en la escuela rural donde había transcurrido su niñez y que ahora había elegido, para acompañar otras infancias.




martes, 1 de septiembre de 2009

Tertulias en homenaje a los maestros...

Club del Progreso, 5 de septiembre de 2009.
En el centro de la foto, Isabel Botana, maestra argentina que recibe el homenaje de la E.L.N.S de María Héguiz.
ARGENTINA NARRADA