lunes, 9 de enero de 2012

Sueño de mujer con sombrilla.

A Viviana González, a su renacer... y porque gusta de mis candombes.

"Trepa al corazón y mira"

Marta Petrich.


...

Ya no sabés qué hacer. Soñás que lo ves. Mejor dicho, te inventás un sueño en el que estás a la orilla del río y lo esperás, con un bolso en una mano y una sombrilla blanca en la otra. (Pensás que podría ser una sombrilla china, no sabés por qué, pero finalmente te decidís por una sin dibujos).
Escuchás un candombe. Proviene del interior de un automóvil. Entonces colocás la sombrilla como cuando usaste ese traje de Mama vieja y te acordás de él con su valija de gramillero bailando a tu alrededor. Querías evitarlo, pero no te queda otra que suspirar.

Tan realmente ensoñado es el sueño que parece que lo estuvieras haciendo dormida.
Aguardás que aparezca de un momento a otro por la callecita de tierra que da justo a la playa.

Los pájaros por arriba de tu cabeza te distraen. ¡Qué raro que esos seres llamen tu atención! ¿Desde cuándo te sucede? Desde que los colibríes se te quedaron en los ojos...(huitzilín, biulú, tucusito: te susurran a la oreja). O te pasa desde que él te silbó cerquita imitando a un tordo o a un zorzal. Desde que te preguntó: "¿cómo se llama ése?", señalando uno que estaba como vigía en un poste. De todos modos-éste es un recuerdo más antiguo- tu abuela descubrió lo de los pajaritos cuando eras pequeña y no se cuidó de pronunciar la famosa frase.
Diseño collage Tolhuin.
-No están sólo en mi cabeza, están por todos lados...- protestás.

Ahora, ya grande, no sabés si soñás con la sombrilla abierta o cerrada, si sos la mujer delgada con vestido ajustado o la que baila candombe con un pañuelo en la cabeza, pero mirás hacia arriba y ves las aves recortando el cielo de octubre.

Cerrás los ojos, dentro del sueño y para seguir creándolo. Respirás profundo.
De pronto te sentís triste, pensás que, como otras veces, él no va a venir. Ya no sabés si ese estado es el del sueño o de la realidad. Pero los tamboriles que salen por la ventanilla del viejo auto te hacen sonreir.

Cuando abrís los ojos te das cuenta... Está en el agua. Viene hacia vos remando, en un bote pintado de verde luminoso que se destaca en lo amarronado del agua. Querés mirarlo (a él, no al bote) pero la música del chapoteo es irresistible. Se mezcla con la del auto: el agua y los tamboriles son la combinación perfecta para hacer mover tus caderas. Y volvés a cerrar los ojos para escuchar... y para bailar.

¿Te salvará definitivamente esta vez? ¿O será uno más de tantos pequeños rescates momentáneos? Te dejás llevar por las reflexiones y los sonidos. "Los rescates son siempre pasajeros..." cantas, al ritmo de la música.

De pronto te silba. Abrís los ojos y ves cómo te sonríe y te estira la mano para ayudarte a subir. Te parece que él no se dio cuenta de tu despliegue coreográfico y que tampoco te escuchó cantar. (Te parece). Todo eso en pocos segundos, "tanto en tan poco tiempo", pensás. Lo mirás, lo mirás bien y casi te ahogás por querer disimular el suspiro. Es que la camisa y el sombrero que trae puestos le quedan "tremendos".

-¿Vamos, querida?- Te pregunta casi casi afirmando.
Vos no sabés qué hacer ni qué decirle y te sale un titubeante: "la cita era en la ribera". (Hasta te parece que se lo decís al ritmo del candombe)
-¡Estamos en la ribera! Pero ahora te llevo...-. Te dice y se ríe con ganas porque no puede creer la firmeza musical con la que pusiste tu excusa.
Te acordás de una película (o de un sueño). No importa el título, no importan aquellos protagonistas. Lo que interesa ahora es el bote, el río, los pájaros, el candombe, él y vos. (¿Te parece poco?)
-¿Hasta dónde iremos...?-Pregunta él o vos. Seguro que vos
-¿Acaso importa...?-Esa, indudablemente, fue de él.
-¡Donde estén todos los pájaros!- Eso fue a dúo.
...y lo que sigue, también...

Dondes tén
to-dos
lospá
jaro...
allairé
mo-mi
amor
buscaré
mo-las
cancione
viviré-mo
este
sue-ño
viviré-mo
este
sue-ño
el candom
be-voýyo


CANDOMBE DE LA RIBERA

Más de un pájaro da giros
más de un pez danza en el agua
más de un pétalo se agita
más de un párpado se calma
Más que un duende hay en los parques
más que un rumbo hay en tus manos
más que un río va creciendo
más que un barco va a llegar
No en las calles, no en los techos
no en las ruinas o en las esquinas
roja mora, dulce día
trepa al corazón y mira,
trepa al corazón y mira
Más de un niño está jugando
más de un cielo estremecido
más de un músico tocando
más de un color encendido
Más que un mar brilla en tus ojos
más que un viento te ha traído
más que un canto hay en mis labios
más que un signo encontrarás
No en las calles, no en los techos
no en las ruinas o en las esquinas
roja mora, dulce día
trepa al corazón y mira,
trepa al corazón y mira
Marta Petrich





Octubre de 2011.

jueves, 5 de enero de 2012

La poesía nos hace cómplices.



Collage Tolhuin
Un viaje en tren... (de los placenteros). Mirar por la ventanilla (hacia fuera, obviamente) y revivir con todos los sentidos, quedándonos mudos, al principio, como "víctimas" de los efectos de un hechizo. Rememorar las complicidades, las palabras, los gestos y los ritos: nuestros conjuros. Mirar, mirar cada árbol, cada casita, cada calle, cada cartel, cada persona... un perro, quizás; vacas y caballos, ¿por qué no?; algún sembradío (si nos alejamos un poco de la ciudad) o más de uno. Todo eso por la ventanilla... hacia afuera, con ese movimiento leve de cabeza y ojos que nos pide el recuerdo .
De pronto, somos los de afuera; de pie en la estación o sentados en uno de esos bancos denvencijados; tal vez recostados en una pequeña porción de césped.
Ahora es hacia dentro del tren donde miramos... Nos asomamos para ver mejor. Nos ponemos en puntas de pie o nos agachamos...Levantamos una mano para saludar...
Ya no es obvio que mirar por la ventanilla es siempre hacia afuera. Estamos en un continuo afuera-adentro, un atravesar constante de umbrales. Entramos y salimos del tren; subimos y bajamos de andenes; atravesamos los vagones, como los vendedores, pero, en vez de vociferar nuestros productos, susurramos y cantamos palabras.
Cada estación, un espacio de tiempo que parece quieto, como un detenerse, pero no. Nuestro espíritu bulle. Algo estamos cociendo: una receta milenaria, un pan sencillo y saludable, una pieza de arcilla...


Collage Tolhuin.