sábado, 1 de febrero de 2014

Derecho a los desechos.


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Hoy estuve haciendo limpieza. Si bien no fue general, puedo considerar que fue profunda. Me deshice de cosas, a pesar de su historia, de sus arraigos en esta casa. Por ejemplo, me desprendí de una colección de pelusas increíble. Arremetí contra  talarañas, sin arañas, claro; es decir, vacías; porque si hasta las arañas las habían abandonado para qué conservarlas, me dije. También me deshice de un gajo de mandarina que hace tiempo había caído en un rincón casi inaccesible, un gajo que pasó por varios estados y cuyos hongos estaban ya deshidratados.
Limpieza profunda -como la de las mascarillas faciales-. Al menos intentó serlo.
Sin embargo, hubo rincones a los que no pude acceder y otros que a pesar de haberlos abordado, quedaron así, sin limpiar, casi con lo intacto de ese tiempo, es decir,  amarillentos, un poco secos, cubiertos por una fina capa de polvo. Otros rincones, doblados en cuatro, por cuyos pliegues se deslizaba la penumbra, como al pasar, permitiéndome un vistazo y un recuerdo fugaces.
Sí, tuve varios incidentes mientras emprendía la tarea (lo de limpiar nunca fue fácil para mí). Debo admitirlo, soy un poco torpe y cuando limpio en un lado, ensucio en otro, además de que tropecé varias veces con objetos de los que creía haberme deshecho alguna vez. Por ejemplo, inciertos papeles escritos, que cuando quería meterlos en la bolsa para tirarlos se me pegaban a las manos y a los brazos como queriendo escapar de un triste final. Diversas cartas de bocas abiertas y ojos llorosos. A mi hombro izquierdo, el que no está luxado, (porque también me accidenté el derecho tironeando de un cajón que se resistía a ser abierto, uno que pesaba tanto que temí encontrarme con algo insólito en su interior, pero sólo estaba trabado) se subió una de las cartas y se dobló magistralmente hasta transformarse en pajarita. Y aún está meneándose, colgada de una hebra enrulada de lana que se le unió para salvarse.
Encontré rincones, a los que les dediqué no hace mucho un esmerado aseo, completamente desordenados.
Es muy difícil y hasta angustiante cuando las cosas no colaboran, no ponen voluntad; y más cuando demuestran que "entienden" pero no asumen su destino de desecho.
En una de las habitaciones más pequeñas aparecieron bollos de papel y de otros materiales que, al momento de agacharme para juntarlos, se deslizaban hacia adelante como cuando una comete la torpeza de patearlos en el preciso instante en que los alcanza con la mano.
El más incidentado fue el hecho de que me tropezara con la montaña de sal en ese cuartito del fondo de la casa. No imaginé que hubiera quedado tanto residual. No pude quitar del todo las manchas blancas del piso ni completar las baldosas carcomidas.
No sé que les pasa a ustedes cuando limpian, si es que limpian, si es que deciden deshacerse de objetos que sólo estorban. Pero, ya ven, a mí no me resulta nada sencillo sobre todo si me encuentro a cada rato con dificultades de lo más sofisticadas. Porque además, allá arriba, en el techo, en la parte más alta, la que sólo puedo ver cuando me recuesto para leer, fue a parar, no sé cómo, esa agenda horriblemente forrada en cuerina. ¿Puede un objeto que ya fue roto, quemado, vuelto a romper, y tirado al cesto, vanagloriándose de su condición de "perpetuo", ofrecer tanta, tanta resistencia?


  Foto Marciano.

***** Tolhuin.
"Corriendo el agua después del carnaval" 
Olivera, Pvcia de Buenos Aires, 1985.

3 comentarios:

  1. Me has hecho pensar, me has hecho reír...Abrazo.

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    1. Así somos las adoratrices de la Marcha de San Lorenzo.
      Te imagino "rostro" bajo efectos de tubo fluorescente.
      ¡Salú!

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  2. Buenísimo, Patri. ¡Qué hermosa manera de trasmitir tu hermosa manera de mirar!

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