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...o këmamëll, voz mapuche: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

domingo, 29 de noviembre de 2015

Semblanza.

Elsa Victoria Salinas.

~Te conocí cuando tenía 14 años; vos, 22. Yo, que no era muy femenina que digamos, admiraba tus manos morenas de uñas prolijamente pintadas de rosa nacarado. ¡Ah! ¡Y tu sonrisa! Porque me sonreíste desde la primera vez que nos vimos. Después empecé a admirarte por tu sensibilidad y por tu fortaleza.
Fuiste mi amiga; ocasionalmente, mi cuñada; mi cómplice; siempre, mi hermana~

Inevitable, querida, evocarte mientras desando esas calles. Es que cuando voy de visita a la casa de una de mis amigas y decido llegar a pie, paso por la esquina de la casa donde viviste durante tantos años, la casa de tus abuelos donde te vi por última vez, ese día en que me confiaste el librito de los Grimm para que te lo custodie .
Siempre que camino por allí reescribo este texto en mi memoria porque vos esa vez me pediste que contara algo que había sucedido.

Hasta ahora había podido dibujar apenas el breve poema de una circunstancia feliz de tu vida en la que bailabas zamba al lado del río porque así me dijiste que te sentías cuando lo hacías: feliz.

Bailarina te imaginé o te soñé, junto al río, pollera y pañuelo al viento. Eras amorosa búsqueda y una canción. Hermana, madre, hija, te soñé. Pañuelo y zamba. Descalza, la memoria en tus venas como un río que corría lento. De pie, sobre tu sombra. Buscando, con tu grito callado, húmeda de río. Memoria, pañuelo y zamba te soñé. 
 
Y me dijiste que contara aquello porque era el colofón de lo peor que te había pasado en la vida. Habías buscado por más de treinta años, sabías que no tenías esperanza de encontrarlo con vida pero tampoco te habías imaginado esa circunstancia en la que tu padre desaparecido estaba sepultado con el nombre de otra persona y que tuviste que hablar con esa familia y esa familia te dijo: “lo cuidamos como si fuera nuestro”. Y es que era de ellos, como su desaparecido era tuyo y mío. Y tu padre también y de todos los amigos y compañeros que no vamos a poder entender nunca tanta maldad organizada.

Después te enfermaste, amiga. Fue el dolor.

-Contalo- me habías dicho esa vez- contalo, vos que escribís. Quiero que se sepa. 


 
 Si supieras: ¡Me costó tanto llegar a esta escritura! pero por el dolor tan profundo que tuviste, el mismo que te llevó de nuestro lado, lo hago.
No sé por qué justo hoy salen estas palabras, las primeras. Justo hoy que quiero, necesito recordarte en medio de nuestras aventuras, entre disfraces, festejos y esa sonrisa imprescindible.
Será porque todavía es noviembre, el mes de tu cumple, o tal vez porque el perfume de los jazmines que tanto te gustaban, sacude ahora mi letargo.

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