sábado, 25 de junio de 2016

Dardo.

SOLOS
Desde hace rato -milenios- que están amontonando
nuestros huesos, desmenuzándolos,
haciendo con ellos pirámides,
catedrales, grandes edificios para los amos,
que nos marcan los números, las palabras,
los días de la muerte, y es entonces
que nos quedamos aquí, esperando,
nos retorcemos los dedos,
frotamos lámparas contra los inviernos y
nos salimos por la otra parte de los octubres,
de los trenes como trompetas al aire,
y no hay nadie que nos coloque de frente
al único resplandor que nos surge de la sombra.
Adónde están, preguntan ellos, entonces,
para dónde se arrastran o se mueren,
o en qué rincón clavan las uñas, se desangran,
por encima de los pétalos, por
encima de tantas soledades, de tanto
silencio de sangre en los hijos.
Pero nada cambia por eso, es lo mismo siempre,
desde el primer viento, nacemos y
nos derrumbamos, solos,
sin nadie sobre nuestro barro,
sobre nuestro aullido, sobre nuestra ceniza,
nada más que nosotros, solos,
que somos desde el sollozo y el aire,
hasta el relámpago, y no sabemos aún,
ignoramos nuestra mano de hombre,
nuestro puño, ignoramos que sólo
nos acompaña nuestra sangre,
que somos nosotros,
nada más, y nuestra sangre,
la espuma perfumada de la tierra.

DARDO DORRONZORO.

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