lunes, 26 de diciembre de 2016

Yo no sé escribir relatos.

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Ésa, la del título, es mi verdad, pero hoy me dieron ganas de escribir y aquí estoy.
No es que no tenga nunca nada para contar, sólo me sucede que ni bien empiezo, me enredo con la historia principal, con las palabras, con otras historias secundarias como si fueran hilos que se van enmarañando y después andá a deshacer eso... Empiezo a justificarme diciendo que la ansiedad por contar algo me juega en contra, que va a ser imposible que alguien entienda, etc, etc. Como exactamente me está pasando ahora.
Pero, repito: me dieron ganas. Además, precisamente, la de hoy es una historia de hilos y pienso llegar hasta la última puntada. Voy a hacer caso omiso del título. Hoy no me importa mi categórica verdad.
Parte de lo que voy a contar se lo dije a mi amiga por teléfono, me despaché como nunca, aprovechando que me llamó y que la historia la tenía bien "fresquita" porque era reciente, es decir, de esos días; o por lo menos así lo creí.
Una vez que terminé mi narración oral telefónica (con ella hablamos desde el teléfono fijo), le expresé que lo que yo había querido, antes de que ella se anticipara con la llamada,  era escribírselo por mail. Ella no dijo nada  pero como es maga me lo hizo decir a mí: "Pero aunque ya te lo conté, igual lo puedo escribir". Y ella que es maga, repito, me alentó con un: "¡Y, sí!".
Mi amiga maga MA GA ( se llama MAría GAbriela y aunque su nombre fuera Clotilde lo de "maga" no se lo quita nadie) en uno de sus gestos compartió conmigo la nota publicada en una revista. Era, es el relato de la experiencia con el bordado de un hombre, un periodista,  que a medida que cuenta va atravesando temas diversos que son de mucho interés para mí.

Les sugiero leer: http://www.revistaanfibia.com/cronica/diario-de-un-bordador/

Además es una crónica tan maravillosamente realista que me encendió, no con el propósito de escribir, al menos en ese momento, sino para retomar mi bordado. Actividad en la que quedo enredada, muchas veces, como en la escritura. Y digo "enredada" en varios sentidos.
Ahora que recuerdo, alguna vez escribí acerca de "bordar", pero fueron poemas. ** (Si quieren después se los leo).
A esta altura del texto voy a repetir a modo de disculpa y justificación: "Yo no sé escribir relatos". Pero ahí va.


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La historia de esa mañana se balanceaba entre la búsqueda de actividades vitales y enfrentamientos con la burocracia. Como en otras ocasiones, desde hace un buen tiempo, cada vez que en un día libre tengo que dedicarme a hacer trámites, busco algo placentero para hacer antes o después. Y digo que la historia estaba suspendida porque también pude haberme quedado en la casa. Pude haber hecho una de las dos cosas (el trámite o la compra) o, definitivamente, ninguna. Pero la historia hubiera sido otra, ¿cierto?
La tarde anterior había leído  "Diario de un bordador", una crónica de Sebastián Hacher en la revista Anfibia. Había quedado fascinada con el motivo y la forma del relato. Me encontré identificada en varios puntos. Entre ellos, en el cuestionamiento de los estereotipos, de los paradigmas hegemónicos y, lógicamente, en los muchos sentidos de la tarea de "bordar".  Así que me lancé "esa mañana", es decir, al día siguiente de la lectura, primero al transporte público y después al centro comercial en busca de hilos y otros insumos de mercería en medio de la horda de gente que llamaré "prenavideña".
Mientras viajaba me preguntaba qué haría primero: si el trámite o la compra. Mucho dependía de una razón práctica, es decir, de dónde me dejaba más cerca el colectivo. Además había empezado a llover (y yo sin paraguas, sin impermeable, sin garlochas). Me bajé del transporte como para ir a la oficina correspondiente pero una vez en la esquina, sin darme cuenta, seguí de largo hacia la mercería.
Comencé a pensar en la siguiente fórmula~recorrido: A) regocijo de hilos, telas y bastidores + B) enfrentamiento aguerrido con un trámite sin resolver en seis meses + C) placer absoluto en el reencuentro con el bordado.
Cabe aclarar que con B no tenía esperanza alguna pero sentía que podía obtener un franco empoderamiento para afrontarlo con la ilusión de A y C, por lo tanto, en el medio de la fórmula o como segundo término, lo burocrático, no estaba nada mal.
Para no entrar en detalles y enredos de los que me resultaría muy difícil escapar, voy a ir al grano o, mejor dicho, al hilo del asunto.

Sintetizando, en la mercería me atendió un joven que apenas pasaba los veinte años. Ya encontrarme "quebrantado" el estereotipo de la mujer atendiendo en mercerías me llenó el corazón y las ilusiones.

Con respecto a mi trámite debo decir que estaba resuelto, me entregaron una carpeta de sesenta folios que así lo atestigua. Había entrado a la oficina con los tapones de punta (extremum caps en latín, según el traductor online// lo escribo como si importara)  y ahora salía bajo la lluvia, que mansamente había disipado a los compradores~ consumidores~ anunciados, con una sonrisa harto cuestionable para  transeúntes, abrazando la bolsa impermeable  que a esa altura era contenedora tanto de bastidores y de hilos como de hojas y hojas que daban cuenta de mi reconocimientos de servicios en la docencia.

¡Ah!, y desde aquella mañana en que regresé a casa, todavía estoy bordando.

Bueno, si quieren conocer ustedes algún cuentito acerca de los bordados que ofrecen las imágenes, van a tener que esperar a que vuelva a lidiar con mi verdad (ya saben: la del título) y tenga la osadía de "plantarme" con alguna historia a pesar de que no sé escribir relatos.

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Bordados y fotos Tolhuin.

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Otro asunto confuso.

A Odiseo.

Contrariamente
al modo de todas las penélopes
no eligen mis brazos,
ni mis pies, ni mis vértebras
el alargado tejido diurno
hasta la víspera de la nada,
hasta  el umbral del destejer
y destejerse.
También extendida y cuidadosa,
emprenden mis manos
la tarea de bordar
en espera de la barca
donde ~como en el revés
de un rito~ desbordamos
 y nos desbordamos.


Bordar o entrañar la trama.

Ante las dilatadas esperas
a la orilla del naufragio,
y entre todas
las labores insinuadas,
elegir bordar,
con la certeza
de no pretender deshacer
luego, lo compuesto.

Los resultados en la experiencia
de desandar el rito
arrojan que difícilmente se pueda
reutilizar el hilo,
máxime si se engendra
la concomitancia
entre torpeza e impaciencia.
Se necesita mirar muy fijo,
volver a pasar
e ir levantando
minuciosamente
y con aguja bien fina,
punto por punto.
Sin embargo
se producen allí
los primeros daños materiales.
Y a veces también
como segundo efecto
se rompe la tela.
Porque bordar es siempre
intervenir ese tipo de soporte.
Mientras se desteje,
por ejemplo,
ya que basta sólo
con tirar de la hebra,
dicen que hasta se puede leer
pero al des-bordar
es imposible.
Cada punto viene a ser
concentradamente
la propia lectura.
Es muy difícil no causar daños
en esta tarea de desarmar
pues bordar como rito,
como espera,
como esperanza
es siempre
entrañar una trama
y debe ser asolador
y desolador
tener que desentrañarla.

BORDAR Y DESBORDAR

I.Un largo, placentero
y nostálgico viaje.
Aparecieron la infancia
y la adolescencia.
Retomamos una dulce tarea
mientras tejemos historias
en hebras de palabras.
Tejemos y destejemos.
También bordamos.
Las palabras se mezclan,
se superponen,
se abrazan.
Las palabras se abren
o se cierran; dejan lugar
a otros signos.
Hacen ronda.
Se abren y se cierran
como la lana
en medio punto
o bareta.
Las palabras
se introducen
como aguja de crochet
formando cadenas.
Las palabras forman
el dibujo de un 
bordado.

  
II. Los hilos son de la época del Ñaupa- dice mi madre-. Llevalos, ahora que se te da por bordar. ¿Te acordás que no te gustaba para nada en la escuela...? Yo no los voy a usar.

Y no, no me gustaba para nada.
Y sí, ahora me gusta.
Sigue lloviendo.
Música de gotas
para las palabras
de nuestras infancia.

III. Mujeres grandes que sueñan como adolescentes.
La aventura es el Cerro Champaquí, provincia de Córdoba, (ascenso por San Javier). 

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bordar

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