sábado, 22 de abril de 2017

Para Selva.

Una paloma busca ramitas.
Va de las vías al andén,
del andén a un cartel publicitario,
del cartel a un nido sobre el plafón
de una antigua luminaria
que aún no se ha llevado el plan
de renovación de la estación.
Tres veces hace el intento de subir hasta allí
con un palito de diez centímetros.
La primera, lo pierde ni bien sube el cartel
y baja nuevamente a buscarlo.
La segunda, llega al nido, se le suelta
y vuelve como con la certeza de lograrlo.
Siempre es el mismo palito.
Arriba hay también una paloma
y, al otro lado de una viga,
una pareja más.
Son dos nidos, me digo,
como si fuera un descubrimiento.
A un chico que aguarda sentado el tren
no le resulta indiferente el ave:
cuando ésta emprende la búsqueda
de un segundo palito, le arroja
unas migas gruesas de alfajor...
Yo sé que por aquí la gente
no quiere a las palomas:
"que son sucias, una plaga,
que traen enfermedades,
que tienen piojos,
que son invasivas".
Lo entiendo, y a mí tampoco
me gustaría mi casa coronada
con un nido o varios de ellos,
goteando ciertas cuestiones
por las paredes, pero hoy,
en el instante revelado,
la acción de esa paloma,
el pedacito de alfajor que alguien
le proveyó como refuerzo,
la ramita subiendo en el pico,
cayendo y después formando el nido
~sin que pudiera hacer nada
para eludirlo~
atravesaron mi mañana.


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