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...o këmamëll, voz mapuche: "corazón del árbol", el centro, el meollo...

lunes, 7 de agosto de 2017

Poema VIII

Como una sombra inevitable
a la caída del sol,
una tristeza viene sin que la llame.
Habita los rincones,
la última luz
y el regazo vacío del invierno.
¿No debería irse sin que la eche?
¿No es así el dicho
aplicado a personas ingratas
que primero se van
y después vuelven?
La misma sombra,
como un animal perseguido,
se agazapa ahora hasta desaparecer
casi por completo.
Y a mí me queda por lo menos
una duda:
dónde y cómo
podría recomenzar el ciclo,
si a la tarde siguiente
o a la otra,
si es que fuera verdaderamente un ciclo,
si es que al irse sin que la eche
la tristeza,  quiera volver sin que la evoque.
Eso, si no la despido de una buena vez
y pego un portazo tras ella
para que en su recuerdo
sólo quede el temblor en los dinteles
que le aclare que para nada
es bienvenida.

Pero también me queda
por lo menos una certeza:
no puedo eludir
el atardecer, ni las sombras,
ni la temperatura de la soledad.
Entonces, abrazo un ratito
al animal furtivo
y como a una de mis gatas
lo acaricio,
cierro los ojos y le hablo:
"no te digo nada,
vos ya sabés qué hacer".

martes, 1 de agosto de 2017

Carta de la PACHAMAMA de Darío Roque Frías

 Fiesta de la Pachamama celebrada en El Arbolito Casa Cultural el 30 de julio de 2017

Hace millones de años que vivo aquí, y aún estoy aquí. No estoy sola; me acompaña un hermano mayor que yo, y sin él mi vida sería totalmente infértil, inútil. Creo que mis hijos le llaman yaku o agua. También me acompañan otros que nos dan luz y equilibrio, llamados Sol y Luna, respectivamente. Luego de estar solos por mucho tiempo, de a poco, fueron apareciendo, del vientre de mi compañero yaku o agua, algunos seres que se movían, que emitían sonidos y que luego también querían aprender a caminar por mi cuerpo. Con el tiempo, aprendieron a hacerlo. Luego aprendieron a correr y a sociabilizar entre ellos y a interactuar con nosotros. Nosotros estábamos contentos porque éramos motivo de observación, de asombro de nuestros hijos. Estos se dieron cuenta de que les ofrecíamos todo para vivir bien: tierra, árboles, arena, animales, frutas, verduras, madera, piedras, montañas. Ellos simplemente tenían que aprender a observar para aprender a utilizar estos elementos. Así aprendieron a trabajar, y mientras más trabajaban, más resultados obtenían. Hicieron esto, y lo hicieron tan bien, que decidieron respetarnos, y hasta me llamaron unos, de un lado de mi cuerpo, Pachamama, y otros, del otro lado, Gaia.
Pasó el tiempo. Llegó un día en el cual nuestros hijos se encontraron, después de haber vivido tan armoniosamente en sus respectivos lugares. En vez de reconocerse como tal, ocurrió todo lo contrario; hubo peleas, enfrentamientos y desconocimiento. Fue lamentable. De ello surgió un ser de pensamiento nuevo, distinto. Alguien que ya no se acordaba de nosotros como antes. Otras cosas pasaron a ser más importantes para él. Me pregunto: ¿Qué habrá sucedido? ¿Por qué el cambio tan drástico? Si nos respetaban como hijos y ahora, lejos de hacerlo, nos dañan. Abren mi cuerpo, extraen elementos que son importantes para mi normal funcionamiento y para su supervivencia. Arrojan elementos a los cursos de agua de mi compañero, que poco o nada tienen que ver con lo que él necesita o se merece. No hicimos y no hacemos más que seguir ofreciéndoles cobijo, comida, piedras, árboles, clima benigno, viento, lluvia, calor. En cambio, ellos nos sacan todo sin conformarse nunca. No entienden que, cuando sea necesario, tendremos que enseñarles como se nos cuida. No tenemos más que hacer que, yo, moverme un poco más de la cuenta y ellos sufrirán; y mi compañero Yaku, esconderse para protegerse de los agravios y así ellos no tengan que beber ni con qué sobrevivir. Lamentablemente, nuestros hijos nos obligan a hacerlos sufrir; les daremos más calor a los del Sur y más frío a los del Norte. Todos enloquecerán, lucharán aún más entre ellos y perecerán. Es la única raza que genera su autodestrucción. Ni los pájaros ni ningún otro ser vivo son capaces de hacer y lograr lo que ellos. Pero parece que ese poder no les permite recapacitar.
Os pido, por favor, hijos míos, respétenme, cuídenme, valórenme. No haré más que ofrecerles todo para vivir bien, como siempre lo hice, y lo hicimos. Ya no me hagan daño. Yo para vosotros valgo más que cualquiera de vuestras invenciones. No me decepcionéis. Hace millones de años que vivo aquí, y aquí seguiré. Pero vendrán otros hijos…

*Darío (Dariucha, por su diminutivo en quechua) es un integrante de la familia de El Arbolito - Casa Cultural, en San Miguel de Tucumán donde ofrece sus talleres de Runa Simi (la lengua quechua) y Cultura Andina.

<°>Texto publicado en Cartas de Lectores, diario La Gaceta, el 21 de enero 2014.
<°>Foto de la Fiesta de la Pachamama celebrada en El Arbolito Casa Cultural el 30 de julio de 2017.